Abolición de la tauromaquia

¿Cómo está la situación ahora?

Este artículo de Jesús Mosterín es de 2004. Pedía a la Generalitat que prohibiera las corridas en Cataluña.

Las corridas de toros en 2026

  • Cada vez menos corridas. En 2007 se celebraron en España 3.651 festejos taurinos en plazas, entre ellos 953 corridas de toros. En 2024 fueron 1.457 festejos y 376 corridas. Además hubo unos 19.000 festejos populares con reses, como los bous al carrer, casi la mitad en la Comunitat Valenciana.
  • Poco público. El 8 % de la población asistió en el último año a algún espectáculo o festejo taurino. A una corrida de toros, de novillos o de rejones fue el 5,9 % (Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales 2024-2025).
  • Cataluña y Canarias. El Parlament de Catalunya prohibió las corridas en 2010. En 2016 el Tribunal Constitucional anuló la prohibición por motivos de competencias. Aun así, en Cataluña no se ha vuelto a celebrar ninguna corrida desde 2011. Canarias fue la primera comunidad en prohibirlas, con su ley de protección animal de 1991.
  • Protegidas por ley. Desde 2013 la tauromaquia es patrimonio cultural por ley (Ley 18/2013). La Ley 7/2023 de bienestar animal no se aplica a los animales de los espectáculos taurinos. En octubre de 2025 el Congreso rechazó la iniciativa popular «No es mi cultura», que pedía derogar la Ley 18/2013. En julio de 2026, 50 diputados volvieron a presentar el mismo texto.
  • Fuera de España. Colombia prohíbe las corridas, el rejoneo y las novilladas a partir de julio de 2027 (Ley 2385 de 2024). En Ciudad de México solo se permiten desde 2025 «corridas sin violencia»: sin espadas ni banderillas, sin matar al toro.

Fuentes: Ministerio de Cultura (Estadística de Asuntos Taurinos 2024; Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales 2024-2025); BOE; Congreso de los Diputados; Congreso de Colombia; Gobierno de la Ciudad de México. Actualizado en octubre de 2026.

Declaración previa de Animal Freedom acerca de la condenable tradición taurina

El uso de los toros para el combate fingido no sólo significa la violación de sus derechos.
Es peor: la gente gasta su dinero para asistir a esta cobardía.
Es comparable con un asesinato sexual, con los espectadores de culpables, siendo ellos el motivo de esta injusticia sádica. Fuente: Jesús Mosterín.
Catedrático de Filosofía de la Ciencia de la Universitat de Barcelona Publicado en 14/4/2004 en el periódico "La Vanguardia".

El artículo de 2004

Desde un punto de vista moral, nada es tan deleznable como la tortura, el dolor atroz infligido de un modo intencional e innecesario.
El no ser torturado constituye el único derecho humano al que la declaración de la ONU no reconoce excepciones y el derecho animal que más adhesión suscita. El hacer de la tortura pública de pacíficos rumiantes un espectáculo de la crueldad, autorizado y presidido por la autoridad gubernativa, es una anomalía moral con la que hemos de acabar ya. Hay que felicitar al Ayuntamiento de Barcelona por haberse declarado en contra de la continuación de las corridas de toros.
Hace años que se le había adelantado Tossa de Mar en esta postura, pero obviamente el peso específico de Barcelona es mucho mayor, aunque no lo suficiente como para prohibir las corridas, que es el lógico paso siguiente.
La pelota está ahora en la Generalitat, que es la que tiene las competencias para acabar de una vez con esta lacra.
La tortura pública de animales humanos (brujas, herejes, delincuentes, adversarios) y no humanos (toros, osos, perros, gallos) fue habitual en Europa hasta el siglo XVIII. En España, durante ese siglo, la diversión aristocrática de alancear los toros a caballo fue siendo sustituida por la variedad plebeya o a pie del toreo.
A principios del siglo XIX, mientras prácticas similares se prohibían en otros países, el absolutista Fernando VII creó las escuelas taurinas y promovió la tauromaquia que ahora conocemos. La primera plaza de toros fija de Barcelona, El Torín, con capacidad para 13.000 espectadores, fue edificada en la Barceloneta en 1834. Al año siguiente, en 1835, el grosero público asistente, borracho y descontento por la mala calidad de la corrida, salió a la calle y se dedicó a quemar todos los conventos e iglesias de Barcelona, con la consiguiente pérdida de patrimonio artístico. Desde Balmes hasta Ferrater Mora, los pensadores catalanes se han opuesto a esta bárbara costumbre. Hoy en día, según las encuestas, la mayoría de los catalanes son partidarios de su abolición. En 1988 el Parlament de Catalunya aprobó una pionera pero inconsistente ley de Protección de los Animales. Si, por un lado, "se prohíbe el uso de animales en espectáculos,… si ello puede ocasionarles sufrimiento", por otro "quedan excluidas de forma expresa de dicha prohibición" las corridas de toros allí donde sean tradicionales, es decir, donde haya construidas plazas de toros, aunque no se autoriza la construcción de otras nuevas. La tradición puede explicar sociológicamente la existencia de ciertas costumbres en un grupo social determinado, pero la tradición tiene valor nulo como justificación ética de nada. Las salvajadas más execrables son tradicionales allí donde se practican. La buena intención de ir acabando con la barbaridad taurina era evidente, pero la marrullería política y el miedo a perder algunos votos acabó produciendo una ley contradictoria, aunque no del todo inútil, como mostró el caso Távora.
La Generalitat de Catalunya, en aplicación de su norma vigente, había prohibido la pretensión de Salvador Távora de introducir el rejoneo, lidia y muerte de un toro en medio de la representación de la ópera "Carmen" en Barcelona. Los tribunales, incluyendo el Supremo en el 2003, condenaron a la Generalitat a pagar una indemnización multimillonaria a Távora, basándose en la presunta defensa de la libertad de expresión artística. Con ello la falta de lógica, la crasa incomprensión de lo que es el arte, la carencia de sensibilidad y el total desprecio por el sufrimiento de los animales condujeron a un esperpento judicial. Como señalaba Antonio Machado por boca de su alias Juan de Mairena, el arte es representación, ficción, y por eso el toreo no es arte.
La corrida no es "un arte, puesto que nada hay en ella de ficticio o imaginado". Al final de la ópera "Carmen", Escamillo torea y don José apuñala a Carmen. Naturalmente, la muerte del toro y la muerte de Carmen son ficciones. El arte es ficción y la ópera es arte. Matar a un toro en el escenario no es arte, como tampoco lo sería matar a la actriz que interpreta el papel de Carmen. Sólo un artista mediocre y sin imaginación puede confundir la representación ficticia o artística del dolor y la muerte con la cosa misma. La libertad artística es la libertad de crear ficciones y no tiene nada que ver con la libertad de torturar y matar de verdad. En el 2003 el Parlament de Catalunya renovó por completo la ley de Protección de los Animales, pero siguió sin atreverse a salir de la contradicción en lo referente a la tauromaquia. Ahora que el Ayuntamiento de Barcelona ha movido ficha, es de esperar que la Generalitat tome cartas en el asunto y que en un futuro próximo tengamos una ley consistente de protección de los animales. Las ciudades y los países son grandes y suscitan admiración por su contribución al progreso y a los valores universales, no por aferrarse a lo propio, peculiar y castizo. Abolir las corridas de toros en Catalunya es uno de los mayores favores que Catalunya puede hacer a España entera, colocándose así en una posición de vanguardia espiritual y señalando el camino que los demás sin duda acabarán siguiendo.
Soy partidario de la máxima libertad en todas las interacciones voluntarias (comerciales, lingüísticas, sexuales, etcétera) entre ciudadanos. Soy contrario a todo prohibicionismo, excepto en los casos extremos, como la violación de niños o la tortura de animales. Pero es que las corridas de toros son un caso extremo. Por muy liberales que seamos, si no tenemos completamente embotada nuestra sensibilidad moral y nuestra capacidad de compasión, tenemos que exigir el final de tal salvajada. De hecho, en todos los países con un mínimo de tradición liberal están prohibidas desde el siglo XIX. Además de su cursilería estética y de su abyección moral, toda la huera y relamida retórica taurina se basa en una sarta de mitos y falsedades incompatibles con la ciencia más elemental.
No, el toro de lidia no constituye una especie aparte, sino que pertenece a la misma especie y subespecie ("Bos primigenius taurus") que el resto de los toros, bueyes y vacas, aunque no haya sido sometido a los extremos de selección artificial que han sufrido algunas variedades, por lo que conserva un aspecto relativamente parecido al del toro salvaje.
No, el llamado toro bravo no es bravo, no es una fiera agresiva, sino un apacible rumiante, más proclive a la huida que al ataque.
tauromaquiaDos no pelean si uno no quiere, y el toro nunca quiere pelear. Como la corrida de toros es un simulacro de combate y los toros no quieren combatir, el espectáculo taurino resultaría imposible, a no ser por toda la panoplia de torturas (el doble arpón de la divisa, la tremenda garrocha del picador, las banderillas sobre las heridas que manan sangre a borbotones) a las que se somete al pacífico bovino, a fin de irritarlo, lacerarlo y volverlo loco de dolor, a ver si de una vez se decide a pelear: a pesar de los terribles puyazos que sufren en la corrida, con frecuencia los toros se quedan quietos y "no cumplen" con las expectativas del público. El actual reglamento taurino prevé que se empleen entonces banderillas negras o "de castigo" con arpones todavía más lacerantes para castigar aún más al pobre bovino, "culpable" de mansedumbre y de no simular ser el animal feroz que no es.
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Este artículo es parte de una serie sobre falacias y demagogia

Algunos argumentos en el debate sobre los derechos de los animales no son válidos. Eso ocurre tanto a favor como en contra. Aquí comentamos algunos de ellos. Una forma de razonar más clara y honesta ayuda a mejorar las condiciones de vida de los animales.

Hay diferentes tipos de argumentos inválidos. Las falacias se usan en un debate a propósito o sin querer. Por eso conviene conocer los principios y la integridad de quien tienes enfrente.

¿Cómo responder a las falacias? Seis consejos

Concede al otro el beneficio de la duda. Empieza por suponer que es un malentendido y no un engaño deliberado. Incluso quien usa falacias una y otra vez puede estar simplemente mal informado o muy implicado emocionalmente.

  • Ten en cuenta el contexto. En una conversación amistosa funciona mejor un tono suave que en un debate formal. Adáptate a tu relación con la otra persona y al objetivo de la conversación.
  • Mantén la calma. Las falacias suelen buscar provocar emociones. Controla las tuyas.
  • Identifica la falacia. Intenta entender dónde falla el razonamiento. Hazlo para ti, no para pillar al otro.
  • Responde a la falacia. Haz preguntas aclaratorias o explica por qué el argumento no te convence. Evita los términos técnicos.
  • No te salgas del tema. Vuelve a lo que trata la conversación y mantenla en un nivel racional.
  • Prepárate. Si sabes que vas a hablar con alguien que usa falacias a menudo, reúne antes algunos datos y argumentos.

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Argumentos inválidos (engañosos) de varios grupos